La otra cara de los transgénicos
Más allá de los monocultivos industriales, la biotecnología agrícola es una herramienta vital para la seguridad alimentaria en países de ingresos medios y bajos.
El debate sobre los cultivos transgénicos en Perú lleva tiempo apagado. La moratoria vigente hasta 2035 se mantiene imperturbable. Pero con unas elecciones a la vuelta de la esquina y casi cuarenta candidatos presidenciales, es probable que el ‘cuco’ de los transgénicos reaparezca.
“¿Cuál es su posición sobre los cultivos transgénicos?” es una pregunta incómoda para cualquier candidato serio. Oponerse a la tecnología es la salida fácil. Nadie lo cuestionará. Plantear al menos su regulación o evaluación caso por caso puede costar votos. Y, siendo realistas, ¿para qué meterse en problemas en unas elecciones donde ninguno pasará del 15 % en primera vuelta y esos votos pueden hacer la diferencia?
El problema es que el debate suele reducirse a los monocultivos de maíz o soya de Argentina, Brasil o Estados Unidos, países con modelos productivos intensivos; al uso del glifosato clasificado en 2015 como probable cancerígeno por la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC)1; o al predominio del algodón transgénico en países asiáticos como India, Pakistán y China, asociado falsamente al suicidio de agricultores2.
Por ello, quiero enfocar este artículo en la otra cara de la moneda: cultivos transgénicos que representan menos del 1 % del total sembrado anualmente, pero que son vitales para la seguridad alimentaria. Hablaremos de la berenjena y el caupí transgénicos desarrollados por empresas o instituciones públicas para resolver problemas de pequeños productores que abastecen mercados locales o agricultores de subsistencia, cuya producción se destina principalmente al consumo propio.
En países asiáticos como India y Bangladés, la berenjena es probablemente la hortaliza más importante. Para el resto del mundo, un emoji con doble sentido. Gracias a su alta productividad, bajo costo y disponibilidad durante todo el año, resulta esencial en la dieta de las poblaciones de bajos recursos y una fuente clave de ingresos para pequeños agricultores.
El problema es que la berenjena es irresistible para el Leucinodes orbonalis. La larva de esta polilla perfora los tallos e invade los frutos, consumiendo su pulpa y arruinando hasta el 90 % de la cosecha. Los agricultores se ven obligados a aplicar insecticidas hasta treinta veces por temporada, con riesgos para la salud, el ambiente y residuos químicos en los alimentos.
Por el año 2000, la empresa india Mahyco desarrolló una berenjena transgénica resistente a esta plaga3. Para el 2005 contaba con algunos acuerdos de transferencia gratuita de la tecnología con universidades para desarrollar variedades locales modificadas. Aunque en 2009 obtuvo la autorización para su cultivo comercial, al año siguiente, el gobierno indio le impuso una moratoria indefinida motivada por una intensa presión de grupos activistas. Al parecer, ingerir la toxina Bt (que también se usa en la agricultura orgánica) es peor que fumigar todos los días.
Esta decisión no fue el fin para la berenjena Bt. Mahyco cedió la tecnología libre de regalías al Instituto de Investigación Agrícola de Bangladés (BARI), que desarrolló variedades locales resistentes. En 2014, se entregó semillas a veinte agricultores. Para 2020 ya eran más de 65 000. Y desde el 2022 se cultiva en Filipinas. Un estudio de 2024 muestra que los agricultores que usan la tecnología están contentos: hay un control efectivo de la plaga, reducción en el uso de insecticidas, mayor rendimiento y mejor calidad de vida.
En África Occidental, el caupí (Vigna unguiculata)4 es un alimento básico para millones de familias por su alto contenido de proteínas y bajo costo. Durante décadas, los agricultores nigerianos han librado una batalla casi imposible contra el barrenador de la vaina, Maruca vitrata (MPB). Esta larva ataca las flores y las vainas, destruyendo entre el 50 % y el 80 % de la cosecha. Para evitarlo, los agricultores aplican un cóctel de insecticidas hasta doce veces por ciclo, con costos tan altos que muchas veces no obtienen ganancias.
Durante años, científicos del Instituto Internacional de Agricultura Tropical (IITA) analizaron más de 15 000 variedades de caupí de todo el mundo en busca de resistencia natural al insecto. ¿El resultado? Cero. La única opción era crear esa resistencia desde cero mediante biotecnología.
En 2003, una coalición liderada por la African Agricultural Technology Foundation (AAT), con el apoyo financiero de USAID5 y la Fundación Rockefeller, y gracias a la tecnología Bt cedida sin regalías por Monsanto (hoy propiedad de Bayer), permitió a los científicos nigerianos del Instituto de Investigación Agrícola (IAR) en la Universidad Ahmadu Bello en Zaria desarrollar una variedad local de caupí transgénico resistente (SAMPEA 20-T), que fue evaluado en distintos lugares y condiciones mostrando protección efectiva contra la plaga.
En el 2019, las autoridades nigerianas aprobaron su producción comercial y para el 2021 las semillas llegaron a los productores locales. En 2023, Ghana también lo aprobó (variedad Songotra T). Es mismo año, un estudio mostró una enorme reducción del uso de insecticidas (de diez aplicaciones a una o dos) y mayor rentabilidad. Otro estudio publicado el año pasado mostró que la adopción del caupí Bt entre pequeños agricultores en Nigeria no está frenada por rechazo social, sino por fallas estructurales: semillas, información, extensión y financiamiento. Aun así, más agricultores optan por esta tecnología cada año.
Mi intención al mostrar estos ejemplos es ampliar el debate hacia aplicaciones adaptadas a realidades como la nuestra. No tenemos las llanuras de soya de Brasil ni los maizales industriales de Estados Unidos, así que no tenemos por qué importar conflictos ajenos. Nuestra realidad es una agricultura fragmentada, de parcelas de menos de dos hectáreas, en laderas irregulares, sin riego tecnificado, sin carreteras asfaltadas y sin asistencia técnica constante.
Para un agricultor sin acceso a maquinaria, ni dinero para fertilizantes o plaguicidas efectivos y de baja toxicidad (etiqueta azul), ni la visita regular de un agrónomo para implementar un manejo integrado de plagas, la semilla se convierte en su única tecnología. Si esta incorpora herramientas para defenderse de plagas o del estrés abiótico (sequías, heladas, salinidad del suelo, etc.), podemos aliviar en parte los problemas estructurales en los que siguen inmersos.
Creo que una verdadera “soberanía alimentaria” (término muy de moda) no se logra negando el acceso a la biotecnología, sino apropiándonos de ella. Por supuesto, no tenemos por qué copiar el modelo de los "países graneros"; debemos adaptar las tecnologías a nuestras necesidades y ver cuáles son pertinentes. Sin dudas se requiere cambios profundos y a largo plazo en las políticas agrarias. Pero podemos empezar potenciando nuestros institutos nacionales de investigación para que desarrollen soluciones locales, empleando todas las herramientas disponibles. La moratoria prohíbe los transgénicos en la agricultura peruana, pero la edición genética está a nuestro alance.
Precisar que IARC evalúa el peligro (si existe evidencia de daño, sin considerar las circunstancias), mientras que las agencias reguladoras como EPA o EFSA evalúan el riesgo (la probabilidad de daño bajo condiciones de uso real y niveles de exposición permitidos).
Thomas, G., & De Tavernier, J. (2017). Farmer-suicide in India: debating the role of biotechnology. Life Sciences Society and Policy, 13(1), 8.
Se insertó el gen de la toxina Cry1Ab del Bacillus thuringiensis. De ahí el nombre de berenjena Bt.
En Perú lo conocemos como frijol castilla o “chileno”.
Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional. Disuelta en 2025 por el presidente Donald Trump.


